Mis lecturas de 2024

/ diciembre 30, 2024/ Lo que leo

Aunque este año no he estado muy activo reseñando o comentando mis lecturas (al menos no en este blog), no quiero dejar de hacer un recuento de libros leídos en 2024 porque, como todo el mundo sabe, un final de año sin recapitulaciones no es un cierre de año. Conste que esta vez cuento con la ayuda inestimable de Goodreads, la aplicación de registro y evaluación de libros, porque ocho años después de abrir la cuenta por fin me he decidido a actualizarla.

Pues bien, dicen las estadísticas de Goodreads que en 2024 he leído el mismo número de libros que el año pasado, pero muchas más páginas, unas 2.000 más. Esto se debe a que me he metido entre pecho y espalda unos tochos larguísimos de los que asustan a primera vista y luego acaban enganchando, como es el caso de Tan poca vida, Los escorpiones o Los destrozos.

Esta última es obra de Bret Easton Ellis y supuso uno de los reencuentros con algunos de mis autores que no sé si se pueden llamar «de cabecera», pero al menos sí «recurrentes». Otros ejemplos son Eduardo Mendoza con Tres enigmas para la organización; el rescate de Héroes de Ray Loriga; El niño de Fernando Aramburu; y la sorpresa de En agosto nos vemos, el «nuevo» libro de García Márquez, que hasta cuando escribía mal, lo hacía bien.

Hay otros autores que he descubierto en los últimos años con tan buen resultado que me he lanzado a leer otras de sus novelas. Es el caso de Los guapos de Esther García Llovet o Los nombres propios de Marta Jiménez Serrano y, sobre todo, Punki de Juarma. Y también he descubierto nuevos nombres a seguir entre los que destaco a Alberto Fuguet con Ciertos chicos.

No he dejado de investigar en el mundo de la novela gráfica, donde además del cómic de género negro de El asesino, he leído la autoficción convertida en dibujo de Alison Bechdel en Fun House y, sobre todo, el genio de Paco Roca con El abismo del olvido y Arrugas.

Además, me ha quedado claro que un libro de no ficción no tiene por qué ser un aburrido y sesudo ensayo, sino que hay formas más imaginativas de contar la realidad, ya sea aplicando el humor a los despropósitos de corrupción urbanística en Pormishuevismo; mezclando con la ficción para narrar la desaparición de una obra de arte de 38 toneladas en Obra Maestra de Juan Tallón; o añadiendo toques personales para crear el gran ejercicio de metaliteratura de Javier Peña en Tinta invisible.

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