Los libros larguísimos
Seamos sinceros: la gente que lee muchos libros al cabo del año suele escoger libros cortitos. Yo también. Pero no es (del todo) culpa nuestra, hay cierta tendencia a escribir y publicar libros cada vez más breves, casi raquíticos, donde casi todo el significado está implícito porque ya estamos de vuelta de todo, como Chenoa, y no hace falta explicar tanto. Los libros, como todo, se escriben a imagen y semejanza de los posts de las redes sociales: cortito y al grano. Si cabe en un tuit para qué escribir dos. Será el signo de los tiempos (la vida acelerada, la cultura del consumo rápido, la falta de tiempo libre para abarcar todo el ocio, la falta de concentración de las nuevas generaciones, y todo eso que ya sabéis). La excepción, quizá, son las sagas fantásticas, porque elaborar mundos imaginarios no es tan fácil, pero hasta los nuevos fenómenos editoriales vuelven a la edición por fascículos de fácil consumo como Blackwater.
No me estoy quejando, siempre he estado a favor de la síntesis, tanto en la escritura como en los audios de whatsapp. No hay que estropear un buen texto por añadirle más páginas, y por eso soy admirador del género de la novela corta. Sin embargo, siempre hay excepciones. En los últimos meses he dedicado (mucho) tiempo a leer algunas novelas recientes que son tan extensas que resultan rentables al peso, (más palabras/mismo dinero). Lo del peso es un decir, son libros tan voluminosos —los denominados «tochos»— que ya resultan imposibles de leer en papel sin que te convaliden un par de meses de gimnasio, sin ser yo nada de eso. Esos libros interminables que ya he terminado son los siguientes:
Los destrozos de Bret Easton Ellis, 785 páginas.
A este autor me aficioné hace muchos, pero muchos, años, con unas novelitas cortas de consumo accesible aunque impactante que tenían por título Menos que cero y su continuación Los confidentes. Luego perdió un poco el estilo o yo perdí el gusto, hasta que el año pasado volvió con esta novela que es puro Easton Ellis. A saber: personajes muy ricos y muy drogados que viven en una burbuja de lujo, sexo y crímenes horribles. En este caso se trata de un estudiante de instituto, un tanto perdido en el desarrollo de su personalidad y muy dado a la paranoia, que presiente a su alrededor la amenaza de un macabro asesino en serie.
Al contrario que en sus novelas anteriores, en este caso se le ha ido la mano con la escritura. En Los destrozos, Bret Easton Ellis logra alargar la extensión del libro a base de repetición. Insiste una y otra vez en las ideas, sensaciones, escenas y descripciones, pero por algún motivo logra no hacerse pesado. Es cierto que la novela se basa en un podcast del propio autor en el que —supongo— tenía que recapitular en cada episodio los antecedentes de la historia e insistir en los cebos del suspense para mantener la atención del oyente. Si no, no me lo explico. En cualquier caso, me ha resultado apasionante.
Tan poca vida de Hanya Yanagihara, 907 páginas.
Cualquiera que haya oído hablar de este libro habrá escuchado también la valoración que lo acompaña y que se resume más o menos en «Está muy bien, pero es muy duro». Mira que me lo advirtieron, pero uno nunca acaba de ponerle medida a cómo de duro puede ser un libro. Y eso que la sinopsis, a priori, es un paseo: «es una historia que recorre más de tres décadas de amistad en la vida de cuatro hombres que crecen juntos en Manhattan», que piensas que vas a leer Friends y te encuentras con una tragedia griega, porque lo que no te avisan es que esa historia se recorre a puñetazos el estómago.
Y es que en Tan poca vida (y tanta página) la extensión se consigue con la técnica del culebrón, es decir, añadir desgracias a los personajes para alargar su sufrimiento hasta las casi mil páginas. Es un libro que raya en el sadismo de la autora hacia sus propios protagonistas al tratar temas como el abuso, el maltrato, la enfermedad, los problemas mentales, la soledad, la incomunicación… Eso sí, engancha muchísimo, hasta la obsesión, que no puedes parar de leer, vaya, como supongo que todos nos enganchamos a las desgracias ajenas, de eso viven la industria del entretenimiento y los patios de vecinos.
Los escorpiones de Sara Barquinero, 963 páginas.
Los escorpiones es, por lo visto, uno de los últimos éxitos literarios en español y una presencia habitual en las listas de los mejores libros en lo que va de año. También es un libro muy, muy largo, y un tanto inclasificable y, tal vez por eso, llama la atención.
En Los escorpiones la extensión se consigue a base de meter cuatro o cinco novelas dentro de una. No es un exageración, tras los primeros cientos de páginas te cambian al protagonista, el escenario, la época y hasta el estilo de la narración. Y otros cientos de páginas después, cuando te parece que ya la cosa acaba, el ebook te contradice advirtiendo que solo has leído el 30% del libro y todo vuelve a empezar en un punto distinto. Parece un lío, pero gracias a una estructura bien conseguida y la maestría de la autora vas descubriendo cómo entre todas esas novelas se entreteje una compleja trama basada, sin que apenas se noten las costuras, en una conspiranoia sobre videojuegos, música e impulsos suicidas.
Igual estamos perdiendo la costumbre, pero da gusto encontrarse con uno de estos libros que te encantan y resulta que es larguísimo, que no tienes que racionarlo por miedo a que se te lea muy pronto, en un suspiro, que luego pasan unos días y no te acuerdas ni de lo que has leído porque no te ha dado tiempo a asimilarlo. Igual para eso está el verano, para leer sin parar ni contar el tiempo en la playa, en la piscina o en la terraza, unos tochos que enganchan y parecen no acabarse nunca por muchas páginas que pases.